Antonio Meucci jamás aprendió inglés lo suficientemente bien como para navegar por la intricada comunidad empresarial estadounidense. No fue capaz de lograr los suficientes fondos para pagar los trámites necesarios del proceso de solicitud de patentes, y por ello tuvo que pedir una “reserva” renovable, que durante un año impedía que otra persona presentase cualquier tipo de patente similar. Esta petición fue presentada por primera vez el 28 de diciembre de 1871. Meucci descubrió más tarde que el laboratorio afiliado al Western Union había perdido sus modelos de trabajo, y Meucci, que en ese punto vivía ya de la asistencia pública, fue incapaz de renovar la “reserva” después de 1874.
En marzo de 1876, Alexander Graham Bell, que había realizado experimentos en el mismo laboratorio en el que se almacenó el material de Meucci, obtuvo una patente y recibió desde entonces el crédito de la invención del teléfono. El 13 de enero de 1887, el Gobierno de los Estados Unidos intentó anular la patente conseguida por Bell basándose en evidencias de fraude y distorsión, un caso que la Corte Suprema encontró viable y por el que Bell sufrió prisión preventiva. Meucci murió en 1889, la patente de Bell expiró en 1893, y el caso fue suspendido por dudoso, sin que jamás se determinase quién fue el verdadero inventor del teléfono presentado en la patente de Bell. Finalmente, si Meucci hubiese sido capaz de pagar la tasa de 10$ para mantener la “reserva” después de 1874, la ley no le podría haber asignado a Bell ninguna patente.
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